El estado de la permacultura en EE.UU. desde el punto de vista de un “milenial”

por Benjamin Weiss; traducciόn por Lucίa Moreno Velo

Este artículo es la primera parte de una serie sobre la desigualdad social y económica que existe en el movimiento permacultural. La segunda parte se titula “La necesidad de una permacultura para los sin tierra” y la tercera parte “El activismo medioambiental en las comunidades desposeídas: un patrón de lenguaje para los privilegiados”.

Mis intentos por vivir de la permacultura

Tengo 31 años. Durante los últimos diez años he estudiado permacultura y muchos otros ámbitos y disciplinas con total dedicación.  Durante los últimos diez años he estudiado permacultura y muchos otros ámbitos y disciplinas con total dedicación.  He asistido a clases, talleres, seminarios y conferencias, y he realizado prácticas de diversa índole. Tengo los certificados de diseño de permacultura y profesor de permacultura. He ofrecido 14 cursos de certificación de diseño en permacultura (PDC). En varios de ellos he sido profesor. Y organicé yo mismo los catorce. He desarrollado el temario de docenas de clases y talleres, desde temas filosóficos y espirituales, hasta desarrollo comunitario y formación de activistas, pasando por la gestión de la tierra. He participado como organizador y activista en campañas diversas, desde campañas antibélicas, hasta la defensa de los derechos civiles de los presos, pasando por campañas en defensa del medioambiente. Soy co-fundador del Sistema de diseño para el resilvestramiento (Rewilding Design System), una rama completamente nueva de la ciencia y la filosofía de la permacultura que cuenta con su temario, programa formativo y una serie de principios, éticas y herramientas de diseño plenamente desarrolladas. He diseñado, implementado y gestionado tres granjas ecológicas, entre ellas una granja urbana dedicada al empoderamiento de los jóvenes. Me he dedicado profesionalmente a la búsqueda de alimentos silvestres. He estudiado herbalismo y forestería. He dirigido tres tipos diferentes de negocios en los campos del diseño y la implementación. He sido miembro de comités sin ánimo de lucro. Me he formado intensivamente como activista, profesor, facilitador de grupos, organizador y emprendedor. He organizado convergencias regionales, hablado ante públicos diversos, cultivado una presencia online intensa. He hablado en podcasts y escrito artículos en publicaciones en papel y en blogs, he llevado una campaña de crowd-founding para financiar un libro sobre permacultura y resilvestramiento, he trabajado con grupos de diferentes religiones, grupos de nativos americanos, gente de barrios pobres de grandes ciudades y comunidades de clase media suburbana, he apoyado el trabajo de mis amigos y compañeros, asistido a grandes conferencias y convergencias, y mantenido debates significativos con grandes permacultores. El volumen de correspondencia que recibo por email, Facebook y teléfono es abrumador e imposible de mantener al día.

Y sin embargo, he ganado una media de aproximadamente 10.000 dólares al año en la última década. Ha habido años en los que apenas tenían suficiente para comer. No he tenido seguro médico hasta este año. He vivido gracias a trabajitos que me iban saliendo, a la asistencia pública y al apoyo de mi familia y mis amigos. A día de hoy, sigo trabajando sin descanso y estoy más ocupado que nunca. Dirijo mi propia empresa y he construido toda la infraestructura que requiere un negocio de ese tipo. Pensando que si mejoraba mis contactos y tenía más presencia pública, al estar creciendo el interés del público en la permacultura y con la tendencia que está experimentando la economía hacia la relocalización, pensando que todo ello me ayudaría a conseguir un buen sueldo, me deshice de los trabajitos y me dediqué en cuerpo y alma a mis objetivos profesionales. Pero no está funcionando.

La situación real

Mis clases y mi programa formativo, diseñado para adecuarse a personas de todas las edades, son más populares que nunca. Pero la asistencia no aumenta. Me he pasado el último otoño/invierno creando un calendario de clases para un año y realizando todas las tareas organizativas y administrativas necesarias para lanzarlo. Lo publicité en los medios sociales, en mi página web, con folletos y con el boca a boca. Empezaron a llegar las respuestas. Pero la inmensa mayoría de las personas interesadas en estas clases no se las pueden permitir, a pesar del hecho de que mis programas de permacultura son de los más baratos del país. La fuerza de la respuesta, que ha llegado como palabras de ánimo, solicitudes de becas y ofertas de intercambios de clases por trabajo, así como miles de “likes” en Facebook, ha sido abrumadora. El apoyo económico que recibo me viene principalmente de un pequeño pero dedicado grupo de mentores y antiguos alumnos, y no llega ni de lejos a responder a mis propias necesidades como para mantener el funcionamiento de mi negocio ni poder crear puestos de trabajo para los compañeros y estudiantes dispuestos a llenarlos.

He vivido una montaña rusa de frustración y esperanza, a través de la cual me he repetido el mantra que dice: “Si se quiere de verdad, de verdad, cualquiera puede conseguir mil dólares para asistir a un curso.” Pero ahora me doy cuenta de que este mantra es el discurso de la clase media, una clase en la que crecí pero a la que ya no pertenezco. Ni tampoco me creo ya los mitos y la cultura de esta clase. Cuantas más conexiones hago con las comunidades de personas de color que viven en los barrios oprimidos de las grandes ciudades, más me parece obvio que las personas que más merecen el acceso a la formación que ofrezco sencillamente no tienen los recursos necesarios para financiar mi trabajo. Un joven negro que vive en un gueto y quiere asistir a mi curso no puede recurrir al crowd-founding para conseguir mil dólares porque todas las personas que conoce son pobres. Y la coletilla de responder que es posible reunir el dinero “si se quiere de verdad, de verdad” es un crimen. Yo tengo el privilegio de poder acceder de forma indirecta a la monumental e inaudita cantidad de recursos acumulada por las personas de la generación del Baby Boom a través de miembros mayores de mi familia que, hay que decirlo, han sido muy generosos a lo largo de mi intento de conseguir vivir de la permacultura. Pero este acceso no está disponible para muchas de las personas de las comunidades racialmente diversas con las que los permacultores dicen una y otra vez querer conectarse y cooperar. Y ese cuento de hadas llamado “el sueño americano” que dice “si trabajo con suficiente ahínco tendré éxito” no se me ha cumplido a mi en mi vida adulta, a pesar de mi acceso indirecto a las riquezas de la generación anterior, ni tampoco se ha cumplido para la mayoría de las personas de mi generación.

Al contrario de lo que han predicho durante décadas los demagogos del movimiento medioambiental, el acceso a la tierra, a los contratos con grandes empresas, a una marea súbita de recursos que debían ocurrir cuando las masas se dieran cuenta de la necesidad de la permacultura en este momento de catástrofe inminente, no han ocurrido. Mi empresa de diseño no cuenta entre sus clientes a ninguna agencia gubernamental ni está diseñando la transformación de grandes extensiones de césped urbano a hábitat para la fauna ni a sistemas de producción de alimentos. Ni tampoco se han desbloqueado fondos para realizar experimentos de gestión de la tierra ni programas de desarrollo comunitario.

¿Y ahora qué?

A pesar de haber pensado lo contrario durante años, hoy en día creo firmemente que la formación en permacultura deber ser nominalmente gratuita, al menos en términos del coste monetario para asistir a este tipo de clases. Para mi, esta premisa tiene las siguientes consecuencias:

    • Es el sector sin ánimo de lucro, y no los estudiantes, el que debe ser la fuente de financiación para las necesidades económicas de los proyectos educativos.
    • Se tiene que crear una infraestructura multifacética que pueda identificar y seleccionar a los estudiantes que merecen esta formación y van a valorarla inherentemente, de forma que se garantice que la falta de pago no desvaloriza el verdadero valor de la formación.
    • Se deben desarrollar otras formas de que los estudiantes paguen la formación, por adelantado o a posteriori, como intercambios de trabajo y trabajo voluntario.
    • Para evitar la mediocridad, tan común, de los programas de intercambio de trabajo y voluntariado, estas oportunidades también deben incorporar un aspecto de formación continua que afiance los temarios de las clases gratuitas.
    • Para poder ofrecer este tipo de prácticas profesionales a los estudiantes según van avanzando en su formación, prácticas que sirven tanto como pago por la formación inicial como de apoyo en forma de trabajo a los proyectos reales donde se realizan, es necesario que haya empresas y proyectos florecientes y basados en la permacultura.
    • Para que florezcan las empresas y los proyectos de permacultura, los permacultores tienen que poder acceder a todos los recursos necesarios para alcanzar un nivel profesional.
    • En último término, no es el diploma ni el certificado ni los años de formación lo que hace que una persona sea profesional, sino el acceso al dinero de los clientes, ya que este dinero es lo que se necesita para construir un negocio real y poder pagar la formación y la infraestructura necesarias.
    • Así que la permacultura necesita un mercado y el apoyo económico de mecenas y benefactores, y sin esto no vamos a ningún sitio.

Business Structure Diagram

No sólo un paseo por la cresta de la ola

Como la inmensa mayoría de la riqueza económica sigue en manos de la generación del Baby Boom, y como los pioneros de la permacultura pertenecen a esa generación, hago un llamamiento a todos ellos para que se den cuenta de que a día de hoy el acceso a la financiación es la principal barrera que impide el crecimiento y la influencia del movimiento de permacultura, y a que utilicen su voz colectiva para animar a su generación a desviar capital a los esfuerzos de los permacultores nacidos en este siglo.

El Dr. Hunter S. Thompson describió una vez el fracaso de la revolución contracultural de los años 60 con gran visión y sinceridad:

“Ese sentimiento de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo viejo y lo malo. No en un sentido militar, no necesitábamos recurrir a eso. Era que, sencillamente, nuestra energía tenía que prevalecer. No había motivo alguno para la lucha, ni en su lado ni en el nuestro. Teníamos momento: estábamos montados en la cresta de una ola alta y hermosa. . . . Así que ahora, menos de cinco años después, si te vas a Las Vegas y te subes a una colina medianamente alta y miras hacia el oeste, miras con el tipo de ojos adecuado, casi puedes ver la marca que dejó el agua al subir: ese sitio en el que la ola se rompió y retrocedió.”

Ningún movimiento se puede mantener con sólo buenas ideas. Sin una entrada masiva de financiación, los jóvenes permacultores como yo y muchos de mis compañeros tendremos que dejar de lado nuestro proyectos y el movimiento se estancará. La ola se romperá, y lo todo lo que se ha logrado hasta la fecha no será más que la marca de hasta dónde llegó la ola de la permacultura y la del  movimiento medioambiental. Para mi eso significaría una década de esfuerzo y una visión de lo que podría ser echadas a perder. Para la generación que fundó la permacultura, significaría un enorme fracaso ver sus propios esfuerzos y su visión finalizar con sus propias vidas. Y para el mundo, significaría una oportunidad perdida de tener un futuro mejor.

Atentamente,

Benjamin Weiss

 

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